domingo, 27 de mayo de 2018

Presentación de de "El lector y otros emojis"

El domingo 20 de mayo se presentó en el Salón de la editorial Dunken el libro "El lector y otros emojis" antología seleccionada por el escritor Julián Bronn que incluye mi cuento "Hachazo".

Estuvo presente la escritora y coordinadora de ROI (Recepción de Obras Inéditas de la editorial) Marita Rogriguez-Casaux quien junto al compilador dieron un panorama del contenido del libro invitando a los autores a leer sus trabajos o fragmentos de ellos.

Kronn haciendo honor al título del libro llevó unos anteojos emoji que cada uno de nosotros lució tanto en la lectura de los textos como en las fotos.





jueves, 17 de mayo de 2018

Hachazo


Justo sobre su cabeza escuchó un sonido sibilante. No. Era más un chasquido,  un ruido seco y tajante como si una espada filosa hubiera cortado el aire. Levantó la vista y buscó a su alrededor. Nada había cambiado en su entorno, pero esa especie de latigazo rápido y preciso le había partido el cráneo como a una simple sandía. Instintivamente, se llevó las manos a la cabeza. Cada una de sus palmas chocó con algo, a derecha e izquierda, como si alguien le hubiera puesto el sombrero de Napoleón y ella estuviera tocando sus puntas. Corrió hacia el espejo y vio que desde el mentón hasta la nuca se abrían dos mitades que caían a los lados. Desde su fontanela hasta la coronilla una hendidura despejaba un triángulo por el que se podía ver todo lo que estaba detrás de ella. Sólo a la altura de la garganta seguía unida al tronco, su testa semejaba un libro de muchas páginas abierto en el medio. No había sangre, ni se veían partes de su cerebro, el corte había sido tan limpio como el de un cirujano experto.
Se quedó ahí, con los ojos fijos en su nuevo aspecto, paralizada.  Una y otra vez, iba del espejo al sofá, donde se desplomaba, quizás… esperando que el mismo chasquido mágico que le dejara esta imagen le restituyera la otra.
Lo cierto es que el resto del cuerpo le funcionaba, especialmente las piernas que ya no le pesaban y le permitían desplazarse con naturalidad.
El gato sería su prueba de fuego. Le había abierto la puerta para que hiciera sus recorridas habituales y , en cualquier momento, volvería. La asustaba pensar cuál sería su reacción al verla. Pero la zozobra no le duró mucho porque, en ese momento, el animal entró al living, se detuvo frente a ella, arqueó el cuerpo hacia atrás en visible actitud de ataque y luego se echó relajado sobre su almohadón predilecto, sin dar ninguna importancia al cambio.
Era de noche, hasta la mañana siguiente no tendría necesidad de retomar su vida normal. Tal vez todo se restableciera luego de dormir unas horas.

A la mañana siguiente, todo seguía igual, aunque, curiosamente, no se preguntó si tomaba mate o café, tampoco escuchó las órdenes y contra-órdenes que se entremezclaban en su mente. El diálogo cacofónico en su interior había cesado. Tranquila y sin cuestionamientos, se dirigió a la cocina y se preparó un café. Luego decidió que era el momento de confrontar la calle. Advirtió que su andar no pasaba desapercibido. Los chicos la señalaban, las mujeres cuchicheaban entre ellas y, repetidamente, la miraban. Era una situación inédita que experimentaba con total serenidad.
Erguida y orgullosa, continuó desplazándose, impertérrita a las miradas que tanto le preocuparan antes cuando, ensimismada, no podía detectar si era observada o no, ya que se sentía gris y anodina y apuraba el paso tratando de que no la vieran cuando en su interior  estaba convencida de que nadie la veía.
Pero esto había cambiado. Podía fijar la vista en los ojos de la gente, aceptar que susurraran al verla y mover su cuerpo con  gracia y armonía, saludando con amable sonrisa.
No siempre había sido así, hubo una época en que su cabeza estaba unida al cuello y éste a los hombros,  como la de todos, como las de aquellos cuya mirada la hacía sentir   asfixiada pero que ahora podía percibirlos desde otra perspectiva. Los veía tal como eran, seres preocupados por escuchar sus propias voces, tal como había sido ella y, al igual que ella antes, prisioneros de sus propias mentes. Quizás, de a ratos, esperando el hachazo liberador.



Cuento seleccionado por el escritor Julián Kronn para integrar la antología "El lector y otros emojis" que se presentará el domingo 20 de mayo del corriente en la sede de la editorial Dunken. 
Mi agradecimiento al compilador y a la editorial ya que con ésta son siete las antologías en que he sido partícipe de ROI (Recepción de obras inéditas), un servicio a los autores para difusión de sus obras en forma gratuita y con la ventaja de participar con escritores de todas las provincias así como de otros paises.

Omi Fernández

sábado, 31 de marzo de 2018

Memoria para evitar la violencia


Todos recordamos muy bien las clases de geografía del colegio, la Argentina se componía del territorio continental y las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. Hemos coloreado estas islas en los primeros grados del nivel primario, las hemos visto en los mapas, en los libros, en los planos de hule que se colgaban en el pizarrón, y esta imagen estaba ligada a una frase que nos repitieron hasta el cansancio: “Las Malvinas Son Argentinas”.  Esta afirmación la tenemos grabada en nuestras mentes desde la infancia. Sin embargo, al crecer e indagar sobre el tema, supimos que el litigio por la reivindicación de la soberanía territorial sobre estos archipiélagos data de 1833, año en que el Reino Unido las tomó por la fuerza. Los reclamos por su recuperación no cesaron por más de 150 años pero fue el 2 de abril de 1982 cuando las tropas argentinas desembarcaron en las islas.
El país estaba gobernado por una Junta Militar, que asumió tras un golpe de estado,  habíamos vivido una guerra sucia que dejó un saldo de treinta mil desaparecidos, la situación económica y social era caótica, los militares estaba desprestigiados y, aún cuando muchos desconocían la existencia de campos de concentración y torturas,  otros, miraban hacia un costado con el lema “algo habrán hecho”, pero ante la convocatoria por “las-Malvinas-son-argentinas”, una muchedumbre se reunió en la Plaza de Mayo en apoyo al general Leopoldo Galtieri, que con esta jugada –tal como había ocurrido con el mundial de fútbol- lograba distraer la atención de los graves problemas existentes.
Tanto quienes estaban a favor de esta guerra, como los opositores, una vez declarada se unieron en apoyo a todos los jóvenes que partieron hacia el sur, sin tener vocación ni experiencia militar. Con una instrucción básica otorgada por el servicio militar obligatorio, en la mayoría de los casos, sus intereses apuntaban al inicio de una carrera universitaria, o la necesidad de un buen trabajo para proyectar su vida futura, y/o el esparcimiento que corresponde a su edad tal como ir a bailar, escuchar un grupo musical o encarar una familia, pero todo esto quedó suspendido al ser convocados para servir a su país. Desgajados de sus hogares y enviados al sur, cambiaron ilusiones por el terror y horror  que implica una contienda de esta naturaleza.
Fueron dos meses, no más, pero dejaron  un saldo de muertos y heridos innecesarios, tal como todas las guerras han dejado desde tiempos inmemoriales.
La solidaridad de la sociedad toda se veía en las calles. Estaban los que iban con radios portátiles pegadas a sus oídos para tener la información de qué y cómo se desarrollaba el conflicto, las discusiones en los lugares de trabajo, los que donaban sus joyas, las mujeres que tejían calcetines de lana, las organizaciones de ayuda, pero esto no evitó que muchachos muy jóvenes vivieran una pesadilla que los marcó para siempre tanto a ellos como a sus familias y amigos.
Quién podía dudar que no por nada a Inglaterra se la llamó “la reina de los mares”, pero el poder de la negación por un lado y el de la esperanza por otro, unidos a la información dibujada desde el gobierno y suministrada por los medios periodísticos, hizo que la sociedad en su conjunto apostara por estos soldados improvisados que, en el sur, padecieron miedo, angustia, temperaturas a las que no estaban acostumbrados y falta de los implementos necesarios para enfrentar la batalla.
En ninguna guerra hay vencedores, todos son vencidos. Todos pierden. Sin embargo, si analizamos la situación mundial, comprobaremos que son muchos los pueblos que están padeciendo conflictos armados.
De nada sirven los adelantos científicos y tecnológicos si el género humano, por las razones que sea, sigue provocando situaciones de violencia, luchas fratricidas o intromisión bélica de países poderosos, en los conflictos internos de otro país.
Todos los argentinos nos lamentamos y compadecimos en aquel otoño del ‘82 del día a día que vivieron esos muchachos en las islas, pero ellos, no sólo sufrieron en el lapso del conflicto, sino después, cuando volvieron, por las consecuencias físicas y psíquicas que los marcaron.
Es esencial que todos conmemoremos el día 2 de abril, recordemos la deuda que tenemos con todos los soldados que, de una forma u otra, participaron en esta guerra innecesaria para la que no estaban debidamente preparados pero que igual tuvieron que asumir, que recordemos la pérdida de vidas y a los que, pese a sobrevivir, han quedado mutilados física o mentalmente.
Hay que mantener la memoria para priorizar y profundizar el diálogo en la solución de conflictos, evitando por todos los medios llegar a la confrontación armada.
Jorge Luis Borges, escribió a propósito de este tema:


JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.